La arquitecta e investigadora Izaskun Chinchilla es una defensora del buen vivir y cree que es posible hacerlo en nuestras ciudades. Sin necesidad de grandes inversiones en infraestructuras y tomando conciencia ciudadana propone actuar en la capa blanda urbana, reivindica la revolución de la planta baja y el urbanismo experimental. «Las decisiones vitales son, por ejemplo, elegir si vamos en autobús o andando, o dónde damos a luz. Quiero convencer a la ciudadanía de que esas decisiones configuran significativamente la ciudad y constituyen una herramienta de participación y de influencia política extraordinariamente potente».
¿Y si una ciudad que goce de bienestar dependiera de las decisiones cotidianas de los ciudadanos en vez de las decisiones de los técnicos o de las administraciones? Es una de las ideas que plantea la exposición Bienestar en la ciudad y se inspira en el concepto del buen vivir que defiende un modelo urbano con el foco puesto en el equilibrio con el propio cuerpo, la construcción de comunidad y una relación respetuosa con la naturaleza. Desde esta perspectiva, el diseño urbano debe facilitar hábitos saludables -como caminar, socializar, descansar o cuidar- para convertir la ciudad en un aliado de la salud física y mental.
Una de las conclusiones de la investigación que ha realizado su comisaria, la arquitecta Izaskun Chinchilla, es que las ciudades mediterráneas, por su densidad, mezcla de usos y espacio público, tienen buenas condiciones para convertirse en ciudades del bienestar mediante intervenciones de bajo coste. La muestra propone actuar sobre lo que denomina «capa blanda» de la ciudad (horarios, actividades, recorridos, programación y señalética) y reivindican la «revolución de la planta baja», transformando locales y espacios infrautilizados en equipamientos comunitarios, educativos, culturales o de trabajo compartido.
También defienden un urbanismo experimental para poder ensayar soluciones temporales antes de que se consoliden. En ese caso, el futuro urbano estaría en manos de los implicados, ciudadanos y nuevas generaciones educadas en valores de cuidado, comunidad y respeto por la naturaleza.
Una de las preguntas que surgen tras la visita a la exposición en La Casa de la Arquitectura es: ¿Es posible que las ciudades sean más verdes, inclusivas y saludables, con más biodiversidad, menos dependencia del automóvil y mejores espacios para la convivencia?. Hablamos con Izaskun Chinchilla sobre cómo la arquitectura tiene un papel esencial: no solo en el diseño de edificios, sino en ser capaz de imaginar y hacer posible nuevas formas de vida que contribuyan a prevenir la enfermedad y a mejorar la calidad de vida de las personas.
«Creo que es el momento perfecto para pensar en el buen vivir»
¿Cómo surgió esta exposición?
Surge originalmente a raíz del encargo del pabellón de España en la Bienal de Arte de Gwangju, en Corea, que decidimos dedicar al bienestar en la ciudad. Posteriormente, la Casa de la Arquitectura nos propuso participar también en una de sus exposiciones, una oportunidad que pudimos llevar a cabo gracias al apoyo del Ministerio de Cultura y la propia Casa de la Arquitectura. En paralelo, yo había escrito La ciudad de los cuidados en 2020, donde abordaba las actividades no productivas de la ciudad. El interés que despertó el libro, del que hemos agotado la cuarta edición, me hizo pensar que había una pieza que necesitaba completar: convencer a los ciudadanos de que las actividades que realizan cada día son las que, en realidad, dan forma a la ciudad. A menudo me preguntaban cómo serían las ciudades del futuro, y yo respondía que corresponderían a la ciudadanía del futuro y sus costumbres. Detectaba, sin embargo, la creencia de que ese futuro estaba predeterminado y que los ciudadanos apenas participaban en su configuración. Por eso, quería contar, y es lo que recoge la exposición y el libro, que las decisiones vitales que tomamos cada día tienen un papel fundamental frente a las decisiones estratégicas de los técnicos. Mientras estas pueden consistir en enterrar la M-30, las decisiones vitales son, por ejemplo, elegir si vamos en autobús o andando, o dónde damos a luz. Quiero convencer a la ciudadanía de que esas decisiones configuran significativamente la ciudad y constituyen una herramienta de participación y de influencia política extraordinariamente potente. La forma en que usamos los espacios verdes, por ejemplo, puede determinar las respuestas de los ayuntamientos, los gobiernos metropolitanos o las promotoras privadas. Tenemos, por tanto, una gran capacidad para configurar la ciudad estableciendo cómo queremos vivir.¿Qué significa bienestar?Aunque la exposición se titula Bienestar en la ciudad, hago mucho hincapié en el concepto del buen vivir, que también desarrollo en mi libro Los barrios del buen vivir. Lo concibo a partir de tres principios: mantener el equilibrio con el propio cuerpo, promover la construcción de comunidad y reconocer la naturaleza como un sujeto con derechos equivalentes a los de un ciudadano. A partir de estas ideas, planteo cómo podemos transformar la ciudad para contribuir al equilibrio de los diversos cuerpos que la habitan, a la construcción de comunidades y a la preservación del entorno natural. Ante la crisis de vivienda, considero especialmente importante pensar en el bienestar para no reducir la ciudad a un conjunto de productos inmobiliarios. La vivienda es fundamental, pero debemos exigir que nos permita desarrollar actividades como nacer, criar, comer, dormir, caminar, jugar o sanar. Por eso, apuesto por transformar lo que ya tenemos, como las viviendas vacías y los barrios, mediante intervenciones con presupuestos escalonados, desde 5.000 euros hasta proyectos de infraestructura. Precisamente porque existe esta crisis, creo que es el momento perfecto para pensar en el buen vivir.

«Nuestras ciudades pueden convertirse en ciudades del bienestar con inversiones pequeñas»
¿Cómo puede afectar el diseño de la ciudad a nuestra salud mental?La relación entre diseño urbano y salud mental es muy extensa y ocupa prácticamente todo el libro Los barrios del buen vivir. Todas las actividades que realizamos en la ciudad -comer, dormir, caminar, socializar, jugar o criar- están relacionadas con nuestro equilibrio emocional. Por ejemplo, el insomnio es una de las grandes pandemias urbanas actuales y la ciudad contribuye a favorecerlo mediante el ruido, las grandes distancias y el tiempo que perdemos en desplazamientos. Frente a ello, planteamos modelos como el de la abadía de San Galo, en Suiza, donde las actividades se acompasaban con el ritmo circadiano: por la mañana se trabajaba manualmente, se hacía ejercicio, se caminaba y se cultivaba; y por la tarde se desarrollaban actividades más sosegadas. También considero fundamental el acceso a espacios verdes, los programas culturales y, especialmente, las oportunidades de socialización. Combatir la soledad no deseada es una prioridad, y los refugios climáticos pueden convertirse en espacios para desarrollar programas de encuentro, como ya ocurre en ciudades de Corea y Asia. Además de las relaciones significativas, como las familiares o de pareja, debemos prestar atención a los llamados weak bonds: soesos vínculos cotidianos con personas como el conductor del autobús o el dependiente del mercado que conoce nuestro nombre y que también contribuyen a nuestro bienestar. Por eso, las ciudades densas, con calles activas, comercios de barrio, equipamientos públicos y acceso a espacios verdes favorecen el contacto social y la creación de una red de relaciones más tupida. A ello se suman estrategias como los baños de bosque y la reducción del ruido. En definitiva, prácticamente todos los proyectos y personas que aparecen en el libro hacen referencia al equilibrio emocional.¿Cuáles son las principales conclusiones que habéis sacado?Se agrupan en tres grandes paquetes. La primera tiene que ver con el modelo de ciudad mediterránea, caracterizado por centros compactos, continuos, con mezcla de usos, espacios públicos y buenas condiciones para caminar. Considero que estas ciudades pueden convertirse en ciudades del bienestar con inversiones pequeñas, activando recorridos para reducir el estrés, combatir el insomnio o facilitar la crianza y mejorando la organización comunitaria sobre el soporte que ya existe. Cuanto más nos alejamos de este modelo, hacia ciudades dormitorio o áreas dependientes del vehículo, mayores son las inversiones necesarias. La segunda conclusión es que muchos de los 99 proyectos seleccionados, procedentes de tres continentes, tienen presupuestos muy reducidos y algunos son además intervenciones temporales. Esto nos lleva a plantear la necesidad de un urbanismo tentativo, que permita ensayar determinadas soluciones antes de convertirlas en permanentes. Podemos probar, por ejemplo, rutas para reducir el estrés o abrir los colegios fuera de su horario habitual, evaluar sus efectos y comprobar qué funciona realmente. El urbanismo actual es tan complejo que incluso los proyectos mejor intencionados no siempre producen los resultados esperados. La tercera gran conclusión es lo que llamamos la revolución de la planta baja. La crisis de los comercios físicos y el desplazamiento de parte de la actividad comercial al ámbito digital nos obliga a pensar en un urbanismo poscomercial, en el que la actividad cívica tenga un papel mayor en la animación de los barrios. A esto se suma la necesidad de transformar la movilidad y liberar espacio público ocupado por vehículos, así como incorporar a nuevos agentes, incluidos espacios de titularidad privada con uso público. Las plantas bajas pueden contribuir también a la ciudad de los 15 minutos mediante nuevos usos, como coworking, centros educativos mixtos o colegios que, fuera del horario escolar, funcionen como espacios de actividad social o refugios climáticos. Finalmente, considero necesario que el sector privado se corresponsabilice de los objetivos sociales de la ciudad del buen vivir. Empresas que se instalan en determinados barrios pueden compartir con la comunidad recursos como cantinas, bibliotecas o coworking, evitando que su actividad contribuya a la gentrificación y al desplazamiento de la población local. En definitiva, esta revolución de la planta baja requiere también que ciudadanos y sociedad civil reclamemos estos nuevos usos y formas de corresponsabilidad.
«La ciudad es la ciudadanía»
¿Qué es lo que pueden cambiar los agentes implicados de forma más urgente o realista?Los cambios más urgentes y realistas tienen que ver con transformar la capa blanda de las ciudades, es decir, todo aquello que no forma parte de las grandes infraestructuras: los horarios, las actividades en la calle, la señalética o la programación. Considero que hay que concebir la ciudad como un museo, donde no solo importa el contenedor, sino también el contenido que programamos. Tanto el libro como la exposición proponen empezar con recorridos que favorezcan el buen vivir: rutas para mujeres embarazadas, puérperas y bebés, adaptadas a sus necesidades; recorridos para la crianza que faciliten el encuentro entre familias y niños; o rutas del buen comer que promuevan el acceso a alimentos frescos en mercados municipales y el picnic como una opción saludable y democrática. También planteamos recorridos para reducir el estrés, preparar el descanso o mejorar otros aspectos de la vida cotidiana. Son intervenciones que requieren muy poco: pequeños pabellones, elementos de señalética y el aprovechamiento de los recursos que ya existen en la ciudad. Para mí, este es uno de los primeros pasos más realistas. Cualquier ayuntamiento, incluso uno muy pequeño, puede permitírselo y conseguir con ello una modificación importante de las condiciones de vida.¿Cómo ves la ciudad en 10 años? ¿Es una mirada positiva?La tesis del libro y de la exposición es precisamente que no importa cómo la vea yo, sino cómo la vivan los ciudadanos. La ciudad es la ciudadanía. Partimos de una idea fundamental: la crianza respetuosa, entendida como una forma de reconocer los derechos individuales, el cariño y las necesidades emocionales de las personas a nuestro cargo, constituye para mí una de las revoluciones políticas más importantes de los últimos años. Dentro de 10 años tendremos una ciudad habitada cada vez más por personas criadas en esta cultura, que reclamarán de forma natural el buen vivir. Será una ciudadanía consciente de que sus necesidades físicas, psicológicas y emocionales son legítimas, de la importancia de construir comunidades y de la necesidad de convivir con la naturaleza. Por eso creo que las ciudades tendrán que emprender una regeneración paisajística profunda: eliminar pavimentos de cemento no filtrantes, reducir el efecto de isla de calor, apostar por la justicia climática y aumentar considerablemente el número de árboles con criterios de biodiversidad. No confío en que este cambio llegue fundamentalmente de los partidos políticos o de las alcaldías, sino de los propios ciudadanos y de unas prácticas sociales que ya están cambiando. El modelo de progreso basado en tener un coche cada vez más grande está desapareciendo en algunas sociedades, mientras crece la aspiración a poder caminar o ir en bicicleta al trabajo. También quiero reivindicar el papel de los arquitectos. Los 99 proyectos de la exposición muestran cómo la ciudadanía reclama calidad, pero son los arquitectos quienes pueden darle forma e imaginar posibilidades que muchas veces los propios ciudadanos no saben que existen. Cuando la gente visita la exposición y dice «No sabía que mi ciudad podía ser así», demuestra precisamente esa capacidad de la arquitectura para visualizar otras formas de vida. Creo que la calidad arquitectónica debe entenderse no solo desde la forma, sino como una herramienta para mejorar la esperanza y la calidad de vida. En definitiva, se trata de concebir las ciudades como grandes aliadas de la salud, actuando antes de que aparezca la enfermedad y no esperando a remediarla únicamente mediante infraestructuras sanitarias.






