1 noviembre, 2026

¿Obras maestras o pesadillas inhabitables? Las grandes pifias de la arquitectura moderna explicadas

Obras maestras o pesadillas inhabitables Las grandes pifias de la arquitectura moderna explicadas

Quizá el mayor miedo de un arquitecto es que se le recuerde no por la originalidad de su proyecto, sino por la falta de funcionalidad del mismo, pero a veces la línea entre la ambición estética y la simple chapuza o la irresponsabilidad técnica es muy fina. Nadie está libre de pecado: en 1928, la familia Savoye encargó a Le Corbusier la que sería considerada la obra cumbre del Movimiento Moderno: Villa Savoye (Poissy, Francia). El arquitecto desplegó entonces sus famosos cinco puntos de la arquitectura moderna (pilares, techo plano, fachada libre, ventana corrida y planta libre) para construir su obra, pero a la hora de la verdad fue una pesadilla inhabitable para sus dueños.

El agua se filtraba por techos, claraboyas y rampas, las fachadas blancas pronto mostraron humedades y grietas y, además, la villa tenía un aislamiento pésimo y una calefacción ineficiente. Los Savoye terminaron por abandonarla en 1940. Pese a las reformas posteriores, los especialistas concluyeron que la culpa no fue del diseño modernista, sino de las inmaduras técnicas constructivas de la época y, de hecho, fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 2016.

«No podemos acusar a Le Corbusier de priorizar la estética y su idea de la arquitectura sobre la cuestión funcional del edificio», cuenta a ElConfidencial el arquitecto Raúl García Taranco, de Arquitectura y Empresa. «El problema de la Villa Savoye no se debe a un error funcional, sino más bien a una falta del desarrollo de la técnica en el momento en el que se construyó el edificio. Son muchos los edificios que han heredado esos principios a día de hoy y el desarrollo técnico y tecnológico ha demostrado que lo que Le Corbusier planteó hace casi un siglo era perfectamente viable. Casos similares nos podemos encontrar también en España. El diseño planteado por Oiza en Torres Blancas lo convirtió en uno de los edificios más emblemáticos que se le recuerdan. Sin embargo, su interior es difícilmente habitable. Lo mismo ocurrió cuando diseñó “El Ruedo”, un edificio de viviendas en la M-30 en el que los vecinos le llegaron a increpar diciendo que no se podía vivir ahí dentro, a lo que el maestro respondió con una de sus frases más icónicas… “¡Lo mejor es que dejes la casa y te hagas arquitecto!”.

«Creo que antes había más tolerancia que ahora», también opina el arquitecto David García Asenjo, en entrevista con ElConfidencial. «Hoy, la sociedad es mucho más consciente del coste de las obras y de cómo esos recursos compiten con otras necesidades como la vivienda o la sanidad. Antes existía la idea de que, si algo no funcionaba del todo bien, se justificaba por ser un hito arquitectónico. Hoy se exige mayor responsabilidad y en colegios o instituciones se impulsan premios a obras que destacan por su capacidad para envejecer bien. Por ejemplo, la biblioteca Gabriel García Márquez en Barcelona es una obra magnífica, pero ha tenido que sustituir ciertos paños de fachada que resultaban demasiado grandes para el sistema elegido. Pueden existir fallos, pero lo inadmisible es que el edificio pierda su funcionalidad».

Otro ejemplo: la Torre John Hancock en Boston, Estados Unidos, de Henry N. Cobb. Inaugurada en 1976, se trata de un estilizado rascacielos de 240 metros revestido de cristal azul reflectante, que sufrió un peligroso defecto durante su construcción; sus enormes paneles de vidrio, de 230 kilos cada uno, comenzaron a desprenderse y caer al vacío (es decir, hacia la calle). Nada menos. Aquello le valió el sarcástico apodo de «rancho de madera contrachapada», porque tuvieron que parchear temporalmente la fachada con tablones de madera mientras tapaban los huecos. Aunque la historia del Bridgewater Place en Leeds, Reino Unido, es aún más trágica: la masa del edificio encauzaba y aceleraba las ráfagas de viento del oeste a ras de suelo, creando pequeños huracanes urbanos en la vía adyacente. Tras provocar diversos accidentes de peatones, en 2011 una fuertísima ráfaga volcó un camión, provocando la muerte de un peatón.

«En teoría, un edificio bien diseñado debería tener un mantenimiento sencillo», explica García Asenjo. «De hecho, el Código Técnico exige actualmente un documento con las instrucciones de mantenimiento. Sin embargo, cuanto más complejo o innovador es el diseño, más se complica. Por ejemplo, en la iglesia que Rafael Moneo diseñó en San Sebastián, la empresa suministradora garantizaba que el hormigón blanco del revestimiento se mantendría intacto de por vida. A los tres años estaba negro, tuvieron que cambiarlo y han tenido que volver a hacerlo periódicamente. Cuando un material innovador falla, la responsabilidad se comparte entre la empresa proveedora y el propio arquitecto, que debe valorar si le compensa asumir ese riesgo».

El estudio del arquitecto uruguayo Rafael Viñoly es conocido por dos «fiascos», el Walkie Scorchie (Walkie Abrasador), nombre con el que se conoció a 20 Fenchurch Street o Walkie Talkie, icónico rascacielos londinense con forma cóncava inaugurado en Londres, que se hizo famoso rápidamente porque la curvatura de sus ventanas actuaba como una enorme lupa solar que funcionaba de forma tan eficiente que ablandaba el asfalto, achicharraba escaparates y llegó a derretir partes de la carrocería de un coche aparcado. Años antes, el estudio de Viñoly ya había experimentado exactamente el mismo contratiempo en Las Vegas con el Hotel Vdara, inaugurado en 2009. La fachada sur, con una elegante forma en media luna, concentraba los rayos del sol sobre la zona de la piscina. El fenómeno, bautizado irónicamente por los clientes y empleados como «el rayo de la muerte de Vdara», generaba una radiación insoportable que llegó a chamuscar el cabello y derretir las hamacas de plástico de los huéspedes. ¿Se pueden evitar estos accidentes?

«A día de hoy existen tantas herramientas, tantos programas que te permiten analizar todos los factores y los equipos de diseñadores son tan completos que no deberíamos hablar de consecuencias ‘imprevisibles’, porque el volumen de datos que manejamos en un estudio de arquitectura permite que todas las variables del proyecto queden bajo estudio desde las primeras fases del diseño», señala García Taranco. «Dicho esto, es posible que existan ciertas anomalías que se escapen al diseño inicial, pero a lo largo del desarrollo de un proyecto, todos los factores deberían ser estudiados, además de ser posteriormente verificados durante la ejecución de la obra. Siguiendo estas premisas, podemos reducir al mínimo este tipo de situaciones».

«Actualmente hay mucha más capacidad para hacer ensayos previos, simulaciones informáticas y aplicar tecnologías de reparación, como la impresión 3D», también cuenta García Asenjo. «Aun así, depende del sistema constructivo. En el caso de los revestimientos cerámicos incompatibles que se han dado en algunas obras complejas, no hay tecnología posterior que lo resuelva fácilmente si la base técnica inicial no era adecuada».

Otro melón a abrir, según García Asenjo —más allá de los accidentes—, es que el arquitecto debe ser consciente de las posibilidades económicas que maneja. «Nosotros hicimos un artículo sobre una zapatería de lujo en la calle Jorge Juan en la que el arquitecto arruinó al dueño. Era tan caro el proyecto que al final el propietario nunca llegó a abrir el local. El límite está cuando te gastas más dinero del que tiene el cliente para hacerlo», cuenta. «Hay otro caso muy famoso de una casa que Fernando Higueras diseñó para Lucio Muñoz y Amalia Avia. Le dijeron que tenían un presupuesto concreto y, a mitad de obra, el arquitecto les comunicó que con ese dinero no se podía terminar».

Y para finalizar el artículo, siendo un poco optimistas, no está de más hablar de algún caso que, aunque saliera mal, se solucionara con soltura. «Para mi gusto, un claro ejemplo de esto es la Torre de Pisa», señala García Taranco. «Estamos hablando de un edificio que quedó al borde del colapso debido a que su cimentación no era la adecuada para el terreno en el que se encontraba edificada. Sin embargo, han sido capaces de sacar el mayor partido posible a un error, convirtiendo una posible catástrofe en un icono de visita obligatoria. Creo que los fracasos, no solo en la arquitectura, sino en cualquier otro ámbito, son el motor de la evolución. La penicilina, el marcapasos o el vidrio de seguridad son algunos de los muchos ejemplos que nos muestran que el fallo es uno de los principales motivos del avance de la sociedad».

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