27 septiembre, 2026

Lina Ghotmeh, arquitecta: «Vivir en un edificio compuesto únicamente por viviendas no va con nuestro tiempo»

Lina Ghotmeh, arquitectaVivir en un edificio compuesto únicamente por viviendas no va con nuestro tiempo

Que a nadie engañe su figura menuda. Ni tampoco ese tono de voz suave, casi susurrante, que me obliga a acercarle la grabadora más de lo habitual durante nuestra conversación. Lina Ghotmeh lleva sobre sus hombros el peso de una parte esencial de nuestra civilización: el Mediterráneo, el antiguo Egipto, Roma… La arquitecta de origen libanés ha sido la elegida para liderar el rediseño del ala oeste del British Museum (Londres), una de las mayores y más complejas renovaciones culturales emprendidas en el mundo hasta la fecha, en cuyo concurso ha desbancado a figuras como David Chipperfield. Un proyecto colosal para el que parece estar hecha a medida.

Ghotmeh practica lo que ella misma denomina «arqueología del futuro», una filosofía de trabajo que busca establecer una conexión profunda -dos palabras que vertebran su discurso- entre la arquitectura, la Historia, la naturaleza y los materiales. Su visión integra excelencia, artesanía, innovación, sostenibilidad y transmisión del legado cultural, valores que comparte con Rolex, de la que es Testimonial, y que desde su Iniciativa Perpetual Arts impulsa y celebra la excelencia artística y la cultura apoyando a creadores e instituciones culturales de referencia de la arquitectura, el cine, la danza, la literatura, la música, el teatro y las artes visuales. En su estudio de París, rodeada de bocetos, maquetas, mood boards, muestras de materiales y ensayos de texturas, Lina Ghotmeh está en su elemento. Y queda claro que, cuando trabaja, no busca inspiración: la «excava». Es aquí donde han tomado forma algunos de sus proyectos más emblemáticos, como el Serpentine Pavilion de Londres, los talleres de Hermès en Louviers o la torre residencial Stone Garden, en su Beirut natal. Obras con las que, ladrillo a ladrillo, esta arquitecta visionaria va poniendo la siguiente capa de la Historia.

Lina Ghotmeh en su estudio de París

«Crecí en Beirut, en una época en la que la guerra formaba parte de la vida»

De niña querías ser arqueóloga, pero acabaste estudiando arquitectura. ¿Qué queda hoy de aquella vocación?Me fascinaba la arqueología porque consiste en comprender las huellas de lo que ya existe. Y sigue muy presente en mi arquitectura ya que, cuando planteo un proyecto, siempre parto de lo que ya está ahí. Pienso en el lugar, en cómo ha evolucionado con el paso del tiempo y en todo lo que puede enseñarnos. La idea es arraigar cada edificio en su entorno y entender la arquitectura como un ser que emerge del lugar al que pertenece. Mi trabajo aporta una mirada novedosa, pero siempre nace del diálogo con lo que ya existía, de escuchar a ese lugar: las huellas del pasado, sus recursos o el clima. Ese arraigo es lo que nos conecta con la tierra y, en última instancia, con nuestra propia condición humana.¿Cómo convive esa mirada al pasado con el enfoque contemporáneo que caracteriza tus obras?Este arraigo en la tradición, al mismo tiempo, mira hacia el futuro porque reconfigura todo lo anterior de una forma nueva. Por ejemplo, en el caso de la torre residencial Stone Garden, la gente tiene la sensación casi como si siempre hubiera estado allí y, a la vez, sorprende por su originalidad. Esa combinación entre lo familiar y lo desconocido es lo poético de la arquitectura. El edificio tiene una geometría particular, una identidad propia, pero a la vez parece susurrar algo a su entorno, dialoga con él. No es una torre de cristal en medio del clima mediterráneo. Y habla del trabajo artesanal. La fachada, que parece hecha a mano, es producto de una técnica constructiva tradicional de Beirut que transformamos para convertirla en una expresión arquitectónica completamente nueva.¿Cómo influyó en tu manera de entender la arquitectura crecer en el Líbano, un país marcado por la destrucción y la reconstrucción?Nací en los años 80 y crecí en Beirut, en una época en la que la guerra formaba parte de la vida. Crecer en ese contexto fue determinante. Ver mi ciudad devastada despertó en mí el deseo de repararla, de curarla, de hacerla más bella. Me preguntaba si la arquitectura podía convertirse en una forma de reunir a las personas, de reconciliar a la humanidad; si la belleza podía ser un camino hacia la paz. Para mí era una cuestión esencial. Y encontré en la arquitectura, el dibujo y el arte la forma de intentar responderla. Pasé gran parte de mi infancia dibujando. Dibujar era una forma de soñar, de transformar mi mundo. Casi una meditación. Eso me fue llevando hacia la arquitectura. Aunque también me interesaban la medicina y la arqueología, y siento que ambas disciplinas siguen presentes en mi trabajo. Igual que la naturaleza. Cuando contemplaba las ruinas de Beirut, veía cómo la naturaleza volvía a ocupar esos espacios con su luz, sus colores y sus materiales. Esa convivencia entre la violencia y la belleza marcó mi manera de entender la arquitectura. Para mí, naturaleza y arquitectura siempre han formado parte de una misma realidad. Por eso entiendo la arquitectura como una forma de conectar a las personas, de crear belleza y de ofrecer lugares donde encontrar calma.Nunca había pensado en la arquitectura como una cura…Es que nos transforma. Cuando entras en un espacio hostil, lo sientes inmediatamente. Pero cuando entras en un lugar con una luz bonita, buenos materiales y colores que te acogen, también cambia tu estado de ánimo e influye directamente en tu relación con los demás. Lo he experimentado al diseñar espacios, ya sean intervenciones efímeras o edificios permanentes. Cuando hicimos el Pabellón Serpentine, en Londres, fue fascinante observar cómo la gente lo hacía suyo. Se sentaban alrededor de la mesa para conversar, leían, contemplaban cómo cambiaba la luz a lo largo del día. Se convirtió en un espacio para estar, transformó la manera en que las personas se relacionaban entre sí.Rolex apoya la excelencia artística y la transmisión del conocimiento a las nuevas generaciones. ¿Cómo conectan esos valores con tu trabajo?Como arquitecta, mi trabajo se fundamenta en gran medida en el acto de crear y poner en valor la artesanía. Todo gira en torno a cómo construimos los espacios, con qué los construimos y cómo la arquitectura puede convertirse en una herramienta para transmitir y conservar el conocimiento. Cuando construimos con ladrillo, por ejemplo, el objetivo es recuperar esa tradición y traerla al presente. Pero, al hacerlo, también ponemos en valor la capacidad y el conocimiento humanos, haciendo que alcancen una dimensión casi sublime y perduren en el tiempo.

Moodboard del estudio de Lina Ghotmeh

«Cuando las cosas se hacen con esmero, precisión y autenticidad, surge una forma de belleza»

¿Cuánto más tecnológico es el mundo, más relevancia cobra la artesanía?La artesanía y la arquitectura nos conectan con nuestro entorno. Cuando entras en un espacio en el que percibes el material y la huella de la mano, sientes una conexión directa. Recuerdas que nosotros también formamos parte de la naturaleza, de ese mismo ecosistema. La artesanía crea vínculos, transmite conocimiento y acerca a las personas a través del trabajo de las manos. Tiene que ver con lo táctil y con la capacidad de despertar una emoción. El material vive con el paso del tiempo, adquiere significado cado y acaba contando una historia. Por supuesto que la tecnología también es importante para mí, pero es una herramienta. Lo mismo ocurre en el arte: cuando contemplamos una pintura y percibimos su materialidad, experimentamos una sensación de gozo. Hay algo invisible que nos conecta directamente con el material, con su espesor y sus colores. Es una experiencia completamente distinta a la de contemplar una reproducción impresa. El mundo material nos afecta profundamente.¿Cómo entiendes la relación entre arquitectura y tiempo?Creo que el tiempo es cíclico, igual que lo es nuestra vida. Partimos de la tierra y, de algún modo, regresamos a ella. Esa visión nos lleva a pensar en cómo construimos, con qué materiales y qué relación establecemos con el entorno. Cuando utilizamos materiales de origen biológico o recursos del propio lugar, reforzamos ese vínculo. Por ejemplo, en Normandía para construir los talleres de Hermès, la primera fábrica de baja emisión de carbono y energía positiva, utilizamos la tierra de esa localización para fabricar 550.000 mil ladrillos. Es la idea de pertenencia que comentaba antes. El edificio se hace eco de la tierra en la que está y algún día puede convertirse de nuevo en esa tierra, transformarse como parte de la naturaleza, de una forma más simbiótica que parasitaria. Para mí esa debería ser la aspiración de la arquitectura: entender la vida de una forma sistémica y, al mismo tiempo, sublimar la belleza.¿Dónde está el equilibrio entre belleza, función, sostenibilidad?Todo está interconectado. Es como una melodía: un concierto solo te emociona si el director acierta con el ritmo y cada músico desempeña su papel. En arquitectura ocurre lo mismo. Cada elemento es esencial. No podemos hablar solo de sostenibilidad. Un edificio debe generar un impacto positivo, pero también tiene que funcionar, ser habitable y ofrecer espacios que las personas puedan hacer suyos. La belleza tiene que ver con esa poesía que debería existir en toda arquitectura, pero también con el cuidado. Cuando las cosas se hacen con esmero, con precisión y con autenticidad, surge una forma de belleza. La percibes porque sientes que estás en un lugar donde cada detalle ha sido pensado, donde te sientes cómodo y acogido. Y eso es algo que busco siempre: que las personas se sientan abrazadas por nuestra arquitectura y que, de algún modo, puedan ver la vida de una forma más bella. Porque necesitamos la belleza, es lo que buscamos constantemente a lo largo de la vida.

Museo Nacional de Estonia
Stone Garden Beirut

«Lo habitual es que un arquitecto culmine su carrera con un gran museo; yo la empecé con uno»

El Museo Nacional de Estonia fue tu primer gran proyecto, con sólo 26 años, algo poco habitual. ¿Cómo te marcó?Lo habitual es que un arquitecto culmine su carrera con un gran museo; yo la empecé con uno, y me enseñó mucho sobre lo que significa la arquitectura. Aprendí que exige perseverancia. El museo tardó diez años en construirse por su complejidad, su dimensión política, el presupuesto… También entendí la importancia de compartir una visión con todas las personas que hacen posible un proyecto y de coordinar equipos muy distintos para que la arquitectura cobre vida. Pero, sobre todo, aprendí que un edificio debe pertenecer a quienes lo habitan. No es la firma de un arquitecto. En el caso de este museo, más que en un espacio destinado a albergar una colección, quería que se convirtiera en una incubadora cultural, en un lugar vivo y querido por las personas.Ahora estás inmersa en la renovación del ala oeste del British Museum. ¿Cuál es la esencia de tu proyecto?Consiste en transformar el museo -que es un espacio de muchos mundos bajo un mismo techo- en un lugar donde la arquitectura te transporte a las maravillas de nuestras civilizaciones. Pero también en traer el pasado al presente y hacerlo relevante para la vida contemporánea. ¿Cómo puede la arquitectura acercarnos aún más a aquello que estamos contemplando? Es una transformación tanto física como conceptual. Mi intención es convertirlo en una gran ágora para las civilizaciones y para la vida contemporánea, donde la arquitectura brinde un espacio que nos permita comprender la historia y habitarla. Uno de los aspectos principales del proyecto consiste en abrir un gran vacío en una sección del edificio para devolver la luz al museo y crear una conexión entre las distintas civilizaciones y épocas. Ese espacio permite descubrir la riqueza y la diversidad del mundo, entender qué compartían culturas muy distintas y qué podemos seguir aprendiendo de ellas hoy. En un mundo cada vez más digital, necesitamos espacios materiales que nos conecten con la historia y despierten el deseo de descubrir los lugares de los que proceden esas obras.¿En el siglo XXI, cree que los museos tienen más que ver con el diálogo que con la contemplación?Absolutamente. Un museo no puede ser un almacén ni un espacio donde simplemente se expone una colección. Si no es capaz de generar diálogo y conexión, acaba siendo un lugar donde se exhiben objetos ante los que la gente se detiene solo para hacerse un selfie. Eso es precisamente lo que queremos evitar. Buscamos ir mucho más allá: despertar el conocimiento y la curiosidad por aquello que estamos contemplando.¿Qué te quita el sueño de este proyecto monumental?Mi mayor obsesión es estar a la altura de la responsabilidad que supone trabajar con una parte tan importante de nuestra civilización. Hablamos del Mediterráneo, del antiguo Egipto, de Roma… No se trata solo de hacer arquitectura, sino de ser fiel a esas historias, de darles a las obras la dignidad que merecen y, al mismo tiempo, permitir que sean libres, porque quizá algún día puedan regresar a sus países de origen o intercambiarse con otros centros. Un museo es como una máquina del tiempo. Habla del pasado, pero también del presente y del futuro. La arquitectura debe estar a la altura de esa misión y desempeñar exactamente el papel que le corresponde.¿Cuál es ese lugar al que siempre vuelves?Siempre vuelvo a Beirut. Vuelvo al mar, al Mediterráneo. Vuelvo al azul, a ese azul infinito. Eso es para mí el hogar.¿Dónde encuentras inspiración?Cuando hablo de una arqueología del futuro, me refiero a que cada proyecto consiste en excavar y encontrar algo más que inspiración. Solemos entender la inspiración como algo inmediato, como haber visto algo que nos gusta, pero esa es una visión muy superficial. Lo que yo intento comprender es de dónde nace y cuál es su profundidad. Excavar para entender, por ejemplo, cuál es la historia de una ópera y qué puede aportar esa historia a mi trabajo. Busco inspiraciones profundas que alimenten todo lo que hago. Me apasionan la danza, la ópera, la música…¿La arquitectura parte de la emoción o la función?No creo que sea un proceso lineal. En mi estudio no existe un único punto de partida. Un proyecto nace de una red de ideas que acaba convirtiéndose en arquitectura. No hay jerarquías: función y belleza se encuentran en lo contingente. Desde el principio pensamos cómo va a funcionar el edificio, cómo se relacionan los espacios entre sí y qué calidad puede generar esa relación. Siempre le digo a mi equipo que cada paso del proceso es importante. Sea un boceto, un dibujo o un modelo, tienen que contener ya una sensación de belleza. Si la belleza no está presente desde el principio, desaparecen las ganas de seguir desarrollando el proyecto. La belleza nace del asombro, y el asombro despierta la curiosidad para seguir explorando.¿Una obra arquitectónica es una obra de arte?La arquitectura es, sin duda, una de las formas más elevadas del arte; sin embargo, desde mi punto de vista, no es ni un objeto ni un producto. No puedes abarcar la arquitectura de una sola mirada. Es más una experiencia que está en constante evolución con el uso y el paso del tiempo. Contiene la quintaesencia de una experiencia artística porque debería interpelar nuestras emociones y permitirnos hacer preguntas. Igual que ocurre ante una pintura, la arquitectura puede llevarnos a reflexionar sobre la sociedad, la belleza o nuestra relación con el espacio que nos rodea.¿Qué legado te gustaría dejar con tu trabajo?Nunca pienso en la idea de legado. Pero en cada proyecto llevo conmigo un sentido de la responsabilidad. Si la arquitectura que hacemos en mi estudio es capaz de tener un impacto positivo, perdurar en el tiempo, seguir acogiendo a las personas, reuniéndolas en armonía y convertirse en un lugar querido, eso ya sería extraordinario. Si además esos espacios pueden fomentar la inclusión y albergar conocimiento, ese sería un gran legado. Me gustaría demostrar que la arquitectura importa. A veces olvidamos hasta qué punto influye en nuestra vida y hace del mundo un lugar mejor para vivir.

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