3 noviembre, 2026

La arquitectura que impulsó la economía de Bilbao

La arquitectura que impulsó la economía de Bilbao

A finales de 1987, el arquitecto Ibon Areso, que había ejercido como Delegado de Urbanismo, Vivienda y Arquitectura en Vizcaya y como Viceconsejero de Ordenación del Territorio, recibió un encargo que acabaría marcando buena parte de su trayectoria profesional: dirigir la Oficina Municipal del Plan General de Ordenación Urbana y participar en el diseño del futuro de Bilbao. El Ayuntamiento, entonces presidido por José María Gorordo, había creado un equipo interdisciplinar para redactar el nuevo PGOU. Areso recuerda con viveza la angustia que le produjo esa responsabilidad, pues no le habían encargado simplemente dibujar otro Bilbao, sino contribuir a encontrar una salida para una ciudad cuyo modelo económico se estaba derrumbando, tal y como advierte.

La crisis iniciada en 1975, recuerda, había golpeado los grandes pilares de la economía vizcaína: la siderurgia, la construcción naval y los bienes de equipo. El desempleo llegó a situarse alrededor del 25%, mientras fábricas cerradas, suelos contaminados, instalaciones portuarias y ferroviarias obsoletas y una Ría degradada dibujaban el paisaje de una crisis económica, urbana y también anímica. Quienes se asomaban entonces a analizar el futuro eran conscientes de que no se trataba de esperar a que pasara una mala coyuntura. En realidad, el modelo industrial que había sustentado durante más de un siglo la prosperidad de Bilbao estaba cambiando definitivamente, explica a elEconomista.es. En el nuevo escenario, la industria continuaría siendo fundamental, pero sería más tecnológica, productiva y menos intensiva en empleo, por lo que había que crear nuevas actividades y, para conseguirlo, era necesario transformar también la ciudad.

Volver a crear empleo

La transformación urbana nunca fue, en el planteamiento que reconstruye Areso, una operación destinada simplemente a embellecer Bilbao. El objetivo primordial era recuperar actividad y empleo. Comercio, servicios, turismo, cultura, ocio, información y conocimiento tendrían que complementar la industria tradicional, y esas nuevas actividades necesitaban una ciudad competitiva, accesible y con calidad urbana. En 1989, el avance del plan comenzó a centrarse en mejorar la accesibilidad exterior y la movilidad interior; regenerar urbanística y medioambientalmente la ciudad; apostar por el conocimiento y la transformación tecnológica; y utilizar la cultura como elemento de vitalidad económica y proyección exterior. Por encima de todo aparecía una idea que acabaría cambiando físicamente Bilbao y no era otra que la de que la ciudad tenía que volver a mirar a la Ría.

La batalla por recuperar la Ría

Dibujar el nuevo Bilbao era mucho más sencillo que construirlo. El Ayuntamiento no controlaba buena parte de las infraestructuras necesarias y había que negociar con la Diputación de Vizcaya, Gobierno Vasco y la Administración central, pero probablemente, la operación más decisiva afectaba al Puerto. Areso sostiene que el traslado de buena parte de la actividad portuaria hacia el Abra Exterior fue una de las claves de toda la transformación. Sin la liberación de aquellos espacios no habrían sido posibles Abandoibarra y posteriormente la isla de Zorrozaurre.

La negociación estuvo lejos de ser sencilla. Areso recuerda sus enfrentamientos con Manolo Santos, entonces director del Puerto, que defendía la permanencia de la actividad portuaria en aquellos terrenos. Pero la revolución tecnológica del transporte marítimo terminó haciendo coincidir los intereses de la ciudad y del propio Puerto. Los contenedores, el creciente tamaño de los barcos y los nuevos sistemas logísticos exigían menos longitud de muelle y mucha más superficie terrestre. El traslado proporcionaba al Puerto las instalaciones que necesitaba y permitía a Bilbao recuperar kilómetros de frente urbano. El conflicto inicial terminó convertido en una operación, que arrancó en 1992, en la que ganó tanto el Puerto como la ciudad.

Cooperación interinstitucional

En 1991 se produjo un giro fundamental en la trayectoria de Areso. Se incorporó a la candidatura encabezada por Josu Ortuondo y, tras las elecciones, pasó a ser primer teniente de alcalde y responsable de Urbanismo. Mikel Ocio le sustituyó al frente de la Oficina del Plan. Areso pasó así de participar en el diseño de la nueva ciudad a intervenir políticamente en su ejecución.

Fue entonces cuando apareció otra de las grandes innovaciones del denominado modelo Bilbao. Ninguna administración podía afrontar individualmente una transformación de aquella magnitud. Necesitaba primero una arquitectura institucional capaz de convertir los planes en acuerdos, los acuerdos en decisiones, y las decisiones en obras.

En este sentido, Ortuondo impulsó la creación, en 1992, de Bilbao Ría 2000, una sociedad en la que Administración central, Gobierno Vasco, Diputación de Vizcaya y Ayuntamiento de Bilbao compartían terrenos, pero también decisiones y responsabilidades. Su singularidad residía tanto en reunir alrededor de una misma mesa a responsables con capacidad efectiva para decidir, como en utilizar la revalorización de los suelos públicos liberados para financiar nuevas actuaciones. Areso cita en aquella arquitectura institucional a Alberto Pradera, Josu Bergara, Josep Borrell, José Alberto Zaragoza y Pablo Otaola, pero reivindica especialmente el papel de Ortuondo, bajo cuyo mandato se inauguraron el metro, el museo Guggenheim, el palacio Euskalduna y el puente Zubizuri, y se avanzaron algunas de las operaciones que configurarían el nuevo Bilbao.

Decisiones impopulares

Hoy resulta difícil imaginarlo, pero algunos de los proyectos convertidos posteriormente en símbolos de la ciudad encontraron una importante resistencia inicial. El metro fue uno de ellos. Areso recuerda las dudas sobre la necesidad de semejante infraestructura e incluso las protestas que acompañaron su puesta en marcha. Décadas después, con más de cien millones de viajes anuales, el metro no sólo transformó la movilidad, sino que contribuyó a cohesionar social y económicamente toda su área metropolitana.

El Guggenheim constituye el ejemplo más conocido. Areso reconoce a Juan Luis Laskurain un papel fundamental en las negociaciones y relata su propia participación en las primeras visitas confidenciales, así como en la búsqueda de emplazamientos. Cuando apareció la posibilidad de construirlo en Abandoibarra, el Ayuntamiento todavía no disponía de esos terrenos, y Areso planteó una fórmula de ocupación anticipada, que entrañaba riesgos jurídicos y económicos, pero que Ortuondo decidió asumir.

Gracias a esa valiente decisión la operación salió adelante. El museo superó ampliamente las previsiones iniciales, multiplicó la proyección internacional de Bilbao y proporcionó a la ciudad algo difícilmente cuantificable: autoestima. No obstante, tal y como remarca Areso, el Guggenheim no provocó por sí solo la transformación; fue una pieza extraordinaria de una estrategia que había comenzado años antes.

El nuevo corazón

Mientras el titanio de Frank Gehry concentraba la atención internacional, una actuación mucho menos espectacular estaba haciendo posible el cambio: el saneamiento de la Ría, cuya inversión superó los 1.000 millones de euros. Y es que no tenía sentido construir una ciudad orientada hacia una Ría que continuara funcionando como receptora de vertidos. De esta forma, el paseo de Abandoibarra a ambos lados de la ría condensó buena parte de la nueva filosofía urbana.

Donde antes existían astilleros, ferrocarriles, almacenes y actividad portuaria aparecieron el Guggenheim, Euskalduna, paseos, zonas verdes, viviendas, oficinas y posteriormente la Torre Iberdrola así como nuevas instalaciones universitarias. Otras operaciones —Amezola, Avenida del Ferrocarril, Miribilla, el pabellón de muestras del BEC, el nuevo estadio de San Mamés, la Alhóndiga o el tranvía— fueron completando una transformación que continuó durante la época de Iñaki Azkuna.

Areso reconoce la enorme relevancia y el carisma de este alcalde, pero reivindica que la transformación fue acumulativa, de modo que muchos proyectos asociados posteriormente a Azkuna habían sido concebidos, iniciados o incluso inaugurados durante la etapa de Ortuondo. La evolución, insiste, no perteneció a un alcalde ni a una institución, sino a una sucesión de personas capaces de mantener una estrategia común.

Ciudad inteligente

Tras la muerte de Azkuna en 2014, Areso llegó inesperadamente a la alcaldía. Para entonces comenzó a formular un nuevo desafío. Si la primera transformación había llevado a Bilbao de la ciudad industrial degradada a la ciudad amable, la siguiente debía conducir de la ciudad amable a la ciudad inteligente, apoyándose en educación, conocimiento, tecnología, creatividad y nuevas actividades económicas.

Con todo, Bilbao no se transformó gracias a un museo, un alcalde, un arquitecto o una infraestructura. Lo hizo porque, enfrentada al hundimiento de su modelo económico, fue capaz de imaginar otra ciudad, acordar una estrategia, crear instrumentos para ejecutarla y mantener continuidad institucional.

Los proyectos sin terminar: de una isla a la llegada de la alta velocidad

La historia del nuevo Bilbao contiene un importante número de proyectos realizados, pero también está construida sobre operaciones demoradas y oportunidades todavía por completar. Una de ellas es la isla de Zorrozaurre, apodado entonces como el ‘Manhattan bilbaíno’, que fue concebida por la prestigiosa arquitecta Zaha Hadid, autora del máster plan, después de que el Ayuntamiento realizase una primera aproximación a Renzo Piano.

Sin embargo, la crisis financiera de 2008 frenó radicalmente su ritmo de desarrollo y, a día de hoy, aún queda un largo recorrido hasta que se logre una ampliación de la ciudad equilibrada que incorpore, además de viviendas, empresas y oficinas, centros de formación e innovación, comercios y servicios, confirma Areso. Porque aunque el planeamiento de la isla planteó una mezcla de usos, cuando llegó el momento de la reparcelación de las distintas propiedades, había «jamón y hueso». El jamón eran las parcelas residenciales, cuya demanda es muy alta, mientras que el hueso eran el resto de usos, cuyo horizonte y valor comercial es mucho más dudoso y dilatado, indica.

Además, el exalcalde de Bilbao señala como «la gran asignatura pendiente» la transformación de la estación de Abando y su playa de vías, condicionada durante décadas por el retraso de la alta velocidad. «La llegada del AVE es fundamental, tanto para terminar con la gran brecha urbana ubicada en el corazón de la ciudad, como porque el no contar con ese medio de transporte, nos resta competitividad», advierte.

SUSCRÍBASE AL BOLETÍN

NUESTRO DIRECTORIO ESPECIALIZADO

AUSPICIADORES





CONTÁCTANOS

Email: publicidad@dipromin.com

M. 955 059 720