Durante siglos, las mujeres promovieron, financiaron y gestionaron proyectos arquitectónicos, pero su huella apenas aparece en los relatos oficiales. Con motivo del 8M, conversamos con Verónica Benedet sobre el libro Promotoras de Arquitectura, publicado por el Servicio Editorial de la Universidad del País Vasco (EHU), una obra que recupera ese legado, cuestiona las estructuras de poder que han definido qué se considera patrimonio y apuesta por una mirada más amplia, internacional y plural.
Desde 2019, las Jornadas 8M se celebran cada mes de marzo, coincidiendo con el Día Internacional de las Mujeres, lo que refleja un compromiso sostenido año tras año. Organizadas desde la Cátedra UNESCO, buscan abrir un espacio de reflexión crítica y diálogo sobre patrimonio y paisajes culturales desde la perspectiva de la igualdad, poniendo en valor las contribuciones de mujeres y otros colectivos históricamente excluidos y construyendo relatos más equilibrados y diversos. Su formato híbrido, que combina actividades presenciales y online, facilita la participación de ponentes y público de otros países, especialmente de Latinoamérica, y fomenta el intercambio de experiencias y aprendizajes transatlánticos.
El libro surge para que las ideas compartidas en estas jornadas no se queden solo en conferencias. Reúne y amplía esas reflexiones en una publicación pensada para llegar a más gente, también fuera del ámbito universitario. Además, incluye ejemplos de Europa y Argentina para mostrar que la falta de reconocimiento a las mujeres en la arquitectura no es un caso aislado, sino una realidad que se repite en distintos lugares.
Quién decide la ciudad
La arquitectura y el poder están estrechamente vinculados. Determinan quién encarga, quién financia y qué se reconoce como valioso. Es la manifestación tangible de las relaciones de poder.
Benedet subraya que durante siglos esas decisiones estuvieron en manos de hombres y de las élites sociales, lo que influyó no solo en qué edificios se levantaban, sino también en cuáles se consideraban dignos de conservar y contar. Además, señala que el patrimonio se ha definido sobre todo desde una mirada masculina y centrada en Europa, dejando en segundo plano otras formas de construir y habitar la ciudad, especialmente las impulsadas por mujeres o por comunidades alejadas de los modelos dominantes. “Incorporar el género como categoría analítica no consiste solo en añadir nombres de mujeres, sino en reexaminar la estructura del discurso oficial del patrimonio”, resalta Benedet.
Diseñar pensando en la vida cotidiana
La mayor parte de la arquitectura no se ha diseñado considerando la diversidad real de quienes habitamos los territorios, sino tomando como referencia un ‘usuario estándar’ que se presenta como neutro, pero no lo es.
Benedet también remarca que incorporar la perspectiva de género implica situar a las personas en el centro y proyectar espacios desde la vida cotidiana: tiempos de cuidado, movilidad,
percepción de seguridad, conciliación y diversidad funcional. “Se trata de diseñar entornos que respondan a las necesidades de quienes los habitan. Cuando ampliamos la mirada, la arquitectura se vuelve más inclusiva, funcional y sostenible”, explica.
Recuperar a las promotoras invisibilizadas
La historia que conocemos es incompleta y sesgada. Las mujeres han sido agentes activos en la construcción de la ciudad. Impulsaron innovaciones, financiaron proyectos, organizaron barrios y sostuvieron comunidades, incluso cuando la normativa limitaba su acción. Visibilizar estas historias permite mostrar ejemplos de liderazgo, creatividad y participación femenina que habían sido sistemáticamente ocultados.
El libro aborda también el concepto de matronazgo, acuñado por la historiadora Cándida Martínez López, para analizar el mecenazgo ejercido por mujeres. Benedet detalla que estas mujeres de élite gestionaban recursos propios, terrenos y redes sociales, para impulsar proyectos urbanos, dejando una huella concreta en la ciudad. Según Benedet, reconocer su participación ayuda a construir una historia de la arquitectura más justa e inclusiva. “El matronazgo no solo visibiliza la participación histórica de las mujeres, sino que ayuda a construir un relato más inclusivo y justo del patrimonio urbano” señala.
Avances y retos en igualdad en arquitectura
Uno de los avances más relevantes ha sido integrar la perspectiva de género en la planificación urbana y la arquitectura, cuestionando el modelo del «usuario universal». Esto permite proyectar entornos más inclusivos y adaptados a la diversidad real de quienes habitamos la ciudad.
Benedet señala que todavía hay desafíos pendientes: equilibrar la atención que se ha dado históricamente a proyectos liderados por hombres, visibilizar el trabajo de las mujeres en la arquitectura y crear normas urbanísticas que tengan esto en cuenta. Algunas ciudades del País Vasco ya han empezado a aplicar guías de planificación urbana con esta mirada, aunque todavía queda camino por recorrer para que se generalice. Por eso destaca la importancia de poner en práctica métodos de análisis que examinen qué historias se cuentan, qué obras se valoran y cómo se genera el conocimiento académico, para lograr un patrimonio más representativo y equitativo.
Miradas feministas e inclusivas al patrimonio
Este año, las jornadas quieren abrir un espacio de diálogo que cuestione cómo se ha construido la historia de nuestras ciudades y recupere aportes que hasta ahora habían quedado invisibles, conectando experiencias de Europa y Latinoamérica.
Como señala Benedet, “sin las mujeres, el relato arquitectónico y urbano sigue estando incompleto”, y por eso el objetivo es avanzar hacia historias más justas y representativas de todas las personas que han participado en la construcción de la ciudad. “Integrar enfoques feministas amplía el horizonte “.






